Viajes
AMANECER en la CIUDAD MAYA DE TIKAL (Honduras)
Por Vilma G. Rosato
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  • 18 de Febrero de 2017

    Suena el despertador. Son las 3:30. Fuera de la cabaña, la oscuridad cubre la selva  de Tikal. Parece una hora demasiado temprana, pero es hora de levantarse, porque debemos llegar al amanecer a la gran pirámide.  Así que es necesario vestirse, ponerse un calzado cómodo, verificar que la máquina fotográfica tenga batería, poner el protector solar y el gorro en la mochila junto con el poncho impermeable (aquí el clima es muy variable) y aplicarse el repelente de mosquitos. A las 4.30,  tras la reunión del grupo para beber rápido un café , retiramos nuestras viandas y emprendimos la marcha entre las sombras, a la luz de las linternas, siguiendo el camino amplio y bien delimitado. A los costados, apenas se podía adivinar la silueta de los árboles y sólo llegamos a entrever la mole de los templos y palacios. 

Al fin llegamos a la pirámide IV y subimos por las escaleras preparadas, hasta alcanzar la cúspide y sentarnos en las gradas antiguas de piedra. Esperamos en silencio, pero las nubes nos jugaron una mala pasada, ocultando la visión del sol. 

Tras descender y desayunar, el cielo fue despejándose poco a poco. Al llegar a la plaza principal,  el sol brillaba, mientras los pavos ocelados se paseaban dejando  ver su plumaje iridiscente.  

La naturaleza despertaba: se sentía el golpeteo de un pájaro carpintero, los monos araña se escabullían entre las ramas  y los loros chillaban ocultos entre el follaje.  Las golondrinas revoloteaban veloces, mientras un halcón, posado en lo alto de un templo, observaba todo atentamente.

Por nuestra parte, sin la poderosa vista de aquella ave ni su ventajoso lugar,  recorrimos las poderosas construcciones alrededor de la plaza y las llamadas acrópolis, asombrados ante la extensión de aquellos templos y palacios y el trabajo de cortar, trabajar y colocar los bloques de piedra caliza. En rigor de verdad, las dimensiones son las que corresponden a una gran ciudad que ejerció su dominio sobre las demás y que, según se calcula,  llegó a contar entre 10.000 y 90.000 habitantes, aunque las estimaciones más moderadas señalan 45.000 habitantes como cifra más probable. No deja de ser asombroso, porque Tikal no cuenta con ríos o lagos cercanos y se abastecían con agua de lluvia, que debía cubrir las necesidades de las familias y permitir el trabajo agrícola y el desarrollo de los cultivos

Luego, al emprender el regreso, nos detuvimos a contemplar la estela llamada de “Ah Kakaw” (El Señor Chocolate). En realidad, es una mala interpretación, porque el verdadero nombre de este gobernante era Jasaw Chan Kawiil I (Rey Garra de Jaguar), que venció a sus rivales de Calakmul, una ciudad vecina, devolviendo a Tikal la influencia en la región.

También pudimos admirar un gran ejemplar de ceiba (Ceiba pentandra),  relacionado con nuestro “palo borracho”  (C. speciosa) , majestuosa e imponente por su altura.  Para los mayas, este árbol era sagrado, porque sus raíces se hundían en el inframundo (Xilbalbá); su tronco recorre nuestro mundo terreno  y sus ramas se elevan y conectan con los trece niveles del cielo. 

Y después de esta larga pero muy interesante recorrida, volvimos al hotel, cuando desde el cielo, otra vez cubierto, comenzaba a lloviznar.  Por lo visto, Chaac, el dios de la lluvia, fue benévolo con nosotros…

Vilma G. Rosato

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